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Para dejar de ser un país un país secuestrado por la “caribería”, la corrupción y el sectarismo de unos pocos y convertirnos en una Venezuela próspera, justa, de todos y para todos, basta con dar un paso: el
PASO A UNA NUEVA DEMOCRACIA
De Guacaipuro a Hugo Chávez: Una sola “caribería”
Desde el inicio de los tiempos, casi todos los grupos que se han disputado el poder en lo que hoy es Venezuela no la han visto como un país para desarrollar, sino como un botín para saquear. Como SU botín.
Ya antes de Colón, los primeros habitantes de estas tierras (pacíficos recolectores o agricultores) fueron agredidos por feroces invasores que vinieron del mar no en carabelas o galeones, sino en canoas de guerra. Los caribes (guerreros y practicantes del canibalismo) vieron en estas tierras un botín magnífico (tierras vírgenes y pueblos mansos) y, siglos antes que los españoles, antes que los caudillos militares, antes que las cúpulas adeco-copeyanas o que las actuales mafias del chavismo burocrático, los caribes proclamaron lo que despues repetirían todos los demás grupos que luego llegaron al poder: que sólo ellos tenían capacidad para decidir, que sólo ellos podían participar. Los caribes lo hicieron con mucha más sinceridad, pues sin necesidad de ninguna "Lista Tascón" ellos proclamaron, ebrios de sectarismo, “Ana karina rote”: “Sólo nosotros somos gente”.
Después de la invasión caribe vino la invasión española, que se inicio con el mal llamado Descubrimiento y siguió luego con la Conquista y la Colonia. Y nuevamente, el grupo en el poder pensó que “sólo ellos eran gente”, que sólo ellos tenían derecho a la parte del león en el reparto del botín. Eran otros tiempos, y todavía el despojo no era justificado en nombre “de la Revolución”. En aquel tiempo, el saqueo se hacia en nombre de la Corona.
Pero los blancos criollos tenían poca paciencia y mucha ambición. Querían una tajada más grande del botín, y el poder de entonces no quería dársela. Eso detonó una gran confrontación para determinar quién se quedaba con todo. Esa confrontación se llamó Guerra de Independencia.
Ciertamente, en el origen y desarrollo de esa guerra de 10 años contra España jugaron un papel muy importante los ideales de Libertad, Igualdad y Fraternidad de la Revolución Francesa. Pero para poder entender porqué pasaron las cosas que pasaron, hay que ubicar que la Guerra de Independencia de 1811 a 1821 fue esencialmente una guerra por el reparto del botín. Por eso es que después de 1821, después de la Batalla de Carabobo, después de ganada la Independencia, los caudillos militares triunfantes en vez de dedicarse a echar adelante un nuevo proyecto de país se dedicaron a romper con la Gran Colombia como hoy Chávez rompe con la Comunidad Andina de Naciones y se dedicaron a robarse “legalmente” tierras como locos, porque eso era Venezuela para ellos: un botín de guerra, al que como vencedores tenían derecho.
En efecto, una de las primeras medidas de la Venezuela Independiente fue la llamada Ley de Haberes Militares, una de las obras cumbres del militarismo corrupto venezolano, ejemplo y guía para los “héroes” de supuestas “batallas” más recientes como el Plan Bolívar 2000 o el Complejo Azucarero Ezequiel Zamora.
Mediante aquella Ley de Haberes Militares, la Venezuela destrozada y endeudada por 10 años de guerra resolvía “pagarle” a los soldados del “Ejército Libertador” por sus servicios a la Patria. Ese pago se hacia mediante papelitos, algo así como los certificados que ahora entrega el CONAVI a damnificados que lo seguirán siendo, o como los títulos que hoy entrega la Misión Ribas a unos “bachilleres” que apenas pueden leer el certificado que están recibiendo. Aquellos “papelitos”, que acreditaban la propiedad de unos pocos metros de tierra ubicados quien sabe donde, los soldaditos se los vendían por unos pocos pesos a los caudillos militares. Ese fue el origen de la segunda oligarquía territorial venezolana.
Desde que termina el dominio español sobre Venezuela en 1821, hasta que Cipriano Castro llega al poder casi rozando el año 1900, Venezuela es el escenario de las “revoluciones” de los caudillos regionales. Esas “revoluciones”, tan chimbas como la actual, generalmente eran para mantenerse en el poder más allá de lo que la Constitución permitía (que casualidad, ¿verdad?), o para desalojar del poder a alguien. Como toda esa sangrienta escabechina había que justificarla con algún pretexto social y algún discurso político, se inventó aquello de la “Federación”, consigna artificial e hipócrita ya que, como reconoció en su momento un caudillo de la época, “si ustedes hubieran dicho Federación nosotros hubiéramos dicho Centralismo, y viceversa”. Al final, ahogados en sangre ajena, los caudillos federalistas y centralistas se pusieron de acuerdo en el Pacto de Coche, y –con Guzmán Blanco a la cabeza- se dispusieron a repartirse lo poco que quedaba del botín.
Con la consigna “Nuevos hombres, nuevas ideas, nuevos procedimientos” Cipriano Castro entra a triunfante a Caracas. Como pasó con Chávez en 1998, 100 años antes Castro llegó al poder no porque fue capaz de derrotar a sus adversarios, sino porque sus adversarios se desmoronaron ante el, víctimas de su propia incompetencia, su propio agotamiento y sus propias contradicciones. Su compadre y brazo derecho, Juan Vicente Gómez, crea el Ejército Nacional y con él, y con una red de carreteras como hasta entonces no existía en el país, Gómez fue eliminando uno a uno a los caudillos regionales, hasta que en 1902 en la Batalla de Ciudad Bolívar acabó con el último, cerrando así el ciclo de las guerras civiles.
Cipriano Castro era muy hablador, muy corrupto, muy dado a disfrutar sensualmente del poder (le hubiera encantado tener, por ejemplo, el jet privado y los relojes de lujo que hoy exhibe Chávez, para solo mencionar algunos detalles), y -también como Chávez- a Cipriano le encantaba discursear con una retórica falsamente nacionalista, más patriotera que patriótica. Así que -mientras Castro hablaba y hablaba- y mientras por dentro lo seguía consumiendo la sífilis, su compadre Gómez lo echó del poder.
Gómez implantó una paz terrible, la paz de los sepulcros. Le aplicó el “Método Cha-az” a todo el país, porque manejó a Venezuela entera como su hacienda. Mientras el paludismo, la tuberculosis, la fiebre amarilla y el hambre se comían al pueblo venezolano, Gómez y los allegados al poder disfrutaban de ese botín llamado Venezuela, convertido en una presa mucho más apetecible después que en 1927 se descubrió el petróleo.
A la muerte de Gómez se inicia en nuestro país un proceso de apertura democrática, incipiente con Eleazar López Contreras y mucho más abierto después con Isaías Medina Angarita. Este último, en particular, fue la mejor demostración de que una cosa es ser militar y otra muy distinta es ser militarista. Medina andaba por el país sin escolta, o casi; no usaba guayaberas blindadas ni andaba con la paranoia del magnicidio.
Seguramente, esa confianza del gobernante en su pueblo se debía a que Medina fue el primer presidente venezolano sin presos ni perseguidos políticos, un presidente que no insultaba a nadie y que en vez de programas populistas creó instituciones fundamentales como el Banco Obrero y el Seguro Social, entre muchas otras. Un presidente, en fin, inmensamente más democrático no sólo cuando se le compara con el pasado gomecista, sino sobre todo cuando se le compara con el presente chavista.
Esa transición democrática fue interrumpida por algunos impacientes, ávidos de poder. Una conspiración “cívico-militar” (¿les suena el término?) dio un golpe de Estado, que abrió la puerta primero a tres años de sectarismo adeco, y luego a diez años de dictadura perezjimenista. Como los caribes de siglos atrás, o como los burócratas chavistas de ahora, los adecos del trienio sectario 1945-1948 creyeron que “sólo ellos eran gente”, y que tenían el monopolio de la honestidad, del patriotismo y de la “Revolución”, (porque, bueno es recordarlo, los adecos de aquel tiempo también llamaron “Revolución” al golpe de estado que le dieron a Medina, en asociación con Pérez Jiménez).
Cuando, por soberbia y sectarismo, los adecos cometieron los errores suficientes para tener harto a todo el país, la llamada “la juventud militar” de aquel tiempo le dió un golpe frío a Gallegos. Diez años de dictadura brutal fue el precio que tuvo que pagar Venezuela por los errores de la adeca “Revolución de Octubre” de 1945, lo cual debería ser una enseñanza para los “radicales” actuales de todos los bandos: hay “revoluciones” que son muy malas, y hay remedios que terminan siendo peores que la enfermedad. Remember Carmona.
Tras la caída de Pérez Jiménez en 1958 se inicia en Venezuela un nuevo ensayo democrático. A pesar de imperfecciones y errores, los tres primeros gobiernos de la democracia representativa (Betancourt, Leoni y el primer gobierno de Caldera) logran éxitos tanto en materia social (masificación de la educación, elevación de la expectativa de vida gracias a la mejora sanitaria y construcción de una creciente y poderosa clase media) como en materia institucional, pues por primera vez en la historia post-colonial del país el Estado se presenta ante los ciudadanos no como propiedad del “jefe” o “del partido del jefe” , sino como una estructura que debía estar al servicio de todos los venezolanos.
Los siguientes tres gobiernos de la democracia representativa (Pérez I, Luis Herrera y Jaime Lusinchi) fueron los años de la gigantesca oportunidad perdida. En medio de algunas realizaciones positivas (como la nacionalización del petróleo, la del hierro y el Plan de Becas Gran Mariscal de Ayacucho), el gobierno de Pérez es devorado por la corrupción y el despilfarro, que seguirán cinco años más con Luis Herrera a pesar del Viernes Negro y que continuarán durante cinco años más con Jaime Lusinchi quemando las reservas internacionales del país para mantener la ficción de una abundancia que ya no existía, así como el espejismo de su propia popularidad.
Mientras más dinero había en el país, más crecía la corrupción y la pobreza. En ese contexto Perez es electo Presidente de nuevo e intenta dar un golpe de timón al errado rumbo que él mismo había trazado en su primer gobierno. Pero al igual que los caribes, que los españoles, que los caudillos militares, que Gómez, que los adecos del trienio y que Pérez Jiménez, CAP pensó que no tenía que consultarle al país los cambios que pensaba adelantar. No creyó necesario darle participación a la sociedad venezolana en el diseño y ejecución de ese “gran viraje” que intentó imponer. La dramática respuesta a esa prepotencia fue el Caracazo, terrible jornada popular que el oportunismo militarista de Chávez identificaría como la señal esperada para dar luz verde a su plan golpista.
Como CAP, Chávez tampoco le consultó a nadie sobre lo que pensaba hacer. El 4 de Febrero de 1992 fue, mucho más que el 18 de Octubre de 1945, un Golpe de Estado clásico, bonapartista, en el que la presencia civil era apenas un accesorio. Por eso, y por las increíbles piraterías del dispositivo golpista, el movimiento del 4-F fracasó como insurgencia militar. Si luego alcanzó éxito político no fue por sus propios méritos, sino porque las direcciones políticas de la democracia representativa se desmoronaron solas, como la hegemonía del Partido Liberal se disolvió ante la llegada de Cipriano Castro a Caracas un siglo atrás. Así que esta película más vieja no puede ser.
Efectivamente, después de las fracasadas intentonas golpistas de 1992, el establecimiento político fue incapaz de escuchar el clamor de cambio del país, y ese anhelo de cambio fue encarnado políticamente en 1998 por el golpista derrotado militarmente en el 92. Hasta 1993 la clase política se dedicó apenas a sobrevivir, y desde 1993 hasta 1998 el segundo Gobierno de Caldera fue una larga transición hacia ninguna parte. Habiendo incorporado como pitcher relevista en los innings finales a Teodoro Petkoff en Cordiplan, éste –con el petróleo a sólo nueve dólares el barril- logró evitar el colapso del país dándole alguna coherencia a la llamada Agenda Venezuela, y adelantó la redacción de unas reformas cuya instrumentación aun es materia pendiente para cualquier gobierno futuro.
Fue así como en 1998 llega al poder Hugo Chávez Frías, prometiendo cambio, castigo a los corruptos, seguridad ciudadana y redención social. Para eso se le eligió. Pero Chávez tenía –ahora se sabe- otros planes. Como todos los grupos que han estado en el poder, desde los Caribes hasta el MVR, Chávez cree que lo importante no es lo que la gente quiera, sino lo que a él particularmente se le antoje. Para eso tiene, gracias a los precios internacionales del petróleo, control absoluto sobre el botín más grande de que haya dispuesto gobernante alguno en la historia nacional.
Por eso, mientras el país pide seguridad ciudadana, Chávez se empeña en meternos en una guerra con Estados Unidos al lado de nuestros supuestos “hermanos” de Irán; mientras los pobres venezolanos piden empleo, Chávez quiere vendernos la idea de una “revolución continental” que, a diferencia de la buscada por el Ché en otros tiempos, ahora se piensa conseguir comprando, domesticando o montando gobiernos a punta de petróleo subsidiado y gas regalado. Por eso, mientras el país pide castigo a los corruptos de antes y a los de ahora, Chávez prefiere mirar para otro lado y seguir usando la corrupción como un instrumento de control político y manipulación social.
Entre siglos de sectarismo y corruptelas, un nuevo país se abre paso:
Pero la historia político-militar del país no resume ni contiene todo lo que verdaderamente es la historia de la construcción de Venezuela como sociedad, como realidad rica y diversa que en muchísimas ocasiones ha sabido ser más progresista y de avanzada que sus supuestamente iluminados gobernantes.
En efecto, mientras que en los tiempos coloniales el poder focalizaba sus esfuerzos en hacer inexpugnable el monopolio de la Compañía Guipuzcoana sobre el comercio, allá en Guayana los frailes capuchinos junto con los indígenas creaban las primeras empresas siderúrgicas de nuestra historia.
Mientras que durante la guerra de independencia jefes militares de uno y otro bando practicaban la política de tierra arrasada, por otro lado Andrés Bello construía las bases de la independencia cultural y educativa de la mitad del continente.
Mientras los caudillos de montoneras desangraron a Venezuela, disputándosela a jirones durante el largo período de confrontaciones civiles en la segunda mitad del siglo XIX, hombres como Fermín Toro sentaban las bases de un pensamiento político y social que buscaba hacer confluir la búsqueda de la igualdad con el reino de la libertad.
Mientras Gómez gobernaba con mano de hierro a un pueblo palúdico, hambriento y ensimismado, otros hombres –incluyendo algunos de sus ministros- se atrevieron a pensar la aventura de construir un país distinto, más moderno y sobre todo más justo, encendiendo lo que luego la historiadora Isbelia Segnini llamaría con razón las “luces de gomecismo”.
Mientras en los años 30 y 40 los actores políticos bailaban una danza trágica, al ritmo de avances insuficientes y trágicos retrocesos, en medio de una apertura democrática frustrada, hombres como Baldó, Gabaldón y muchos otros dieron una lucha gigantesca y victoriosa contra la bilharzia, la fiebre amarilla y la tuberculosis, flagelos que ahora han reaparecido como emblemas del fracaso sanitario inherente al llamado “socialismo del siglo XXI”.
Mientras en los años 50 la dictadura perezjimenista estrenaba la retórica tóxica de los megaproyectos y la grandiosidad faraónica, sencillos venezolanos por nacimiento y otros por adopción iniciaron la construcción de la modernidad venezolana, erigiendo edificios y pequeñas urbanizaciones que marcaron un perfil urbano superior en mucho a lo que hoy es el lamentable panorama de casi todas nuestras principales ciudades.
Mientras en los años 70, 80 y 90 gobiernos saturados de incompetencia, prepotencia y corrupción batieron todos los records en insensibilidad social, promoviendo la masificación de la miseria, centenares de miles de jóvenes egresaban de universidades, colegios e institutos de educación superior, acumulando nuestro país en esos 30 años la más grande cantidad de capital humano altamente calificado que haya tenido jamás Venezuela, mientras que por otro lado se diseñó, creó y desarrollo el sistema nacional de orquestas infantiles y juveniles, dos movimientos masivos que nos hablan de cómo emerge en este periodo un país mucho mejor formado y mucho más sensible humana y culturalmente que quienes ejercían entonces las palancas del poder.
Es de esa misma manera como en los últimos ocho años, mientras una ostentosa y chabacana costra de nuevos ricos, de corruptos “cínico-militares”, vuelve a creer que “sólo ellos son gente”, que sólo ellos son pueblo, que sólo ellos son bolivarianos, y que todos los demás habitantes de este país podemos ser reducidos al campo de concentración (virtual pero igualmente discriminatorio y terrible) de las listas Maisanta y Tascón, mientras eso ocurre en el país del poder, en el país verdadero están ocurriendo muchas otras cosas.
Ni autoritarismo militarista, ni paternalismo burocrático: ¡Paso a la Nueva Democracia!
Si. Mientras Chávez habla y habla, y mientras su público habitual de corruptos, contratistas, comisionistas y testaferros le ríe los chistes y le aplaude las barbaridades, mientras ellos siguen creyendo que el pueblo venezolano se puede despachar con algunas migajas del festín petrolero, con algunas franelas rojas, con una que otra cachucha y con muchas, muchas promesas, mientras todo eso ocurre, están naciendo nuevas realidades.
En la Venezuela verdadera los jóvenes estamos empezando a movilizarnos. Sin hacer caso a las amenazas del gobierno ni a las manipulaciones de gastados liderazgos, la juventud y los estudiantes hemos tomado la calle para decir en alta voz: no nos calamos el irrespeto a la vida, nos toleramos la cultura de la muerte, y nos oponemos activamente a un gobierno que ha convertido la impunidad en Política de Estado.
Los habitantes de los barrios populares también estamos empezando a movilizarnos. La inseguridad, el incumplimiento en materia de vivienda, las mentiras repetidas en materia de salud, la grosera manipulación de nuestra hambre a través del reparto electoral de bolsas de comida, entre otras razones, han hecho que en los barrios comiencen las manifestaciones y protestas. Vistiendo a veces franelas rojas para evitar o disminuir la represión, hombres y mujeres de los barrios (opositores unos, chavistas otros, ni-nis la mayoría, venezolanos todos) estamos iniciando la pelea en la calle por los derechos establecidos en una Constitución de la que el gobierno se acuerda solo cuando le conviene.
La oposición también esta cambiando. Hasta el 2004, la consigna o más bien la obsesión única de la oposición política era “salir de Chávez”, como si eso bastara para resolver los errores que habían permitido el acceso de Chávez al poder. Se pensó que bastaba con “unir” los restos de la vieja política con algunos nuevos actores políticos y sociales, para lograr la victoria. Ese fue un error en el que incurrimos muchos. Se quiso derrotar al gobierno sin trabajar en los barrios, sin movilizar a los jóvenes, sin darle razones sociales al pueblo llano para participar en la lucha por la democracia, y el resultado fue la derrota, tal y como siglos atrás otro Chávez, llamado José Tomás Boves, logró derrotar a los patriotas gracias a las lanzas de los llaneros.
Afortunadamente, hoy la oposición es otra cosa. El lanzamiento de la candidatura de Teodoro Petkoff, la expectativa que existe sobre la opción de Manuel Rosales y el trabajo electoral desarrollado en los barrios desde hace meses por Julio Borges son signos de que emerge un nuevo liderazgo que más que oposición, quiere ser alternativa.
Porque de eso se trata: de construir una alternativa. Una alternativa POPULAR, es decir, comprometida con los trabajadores, con el desarrollo soberano del país y con la defensa de los intereses de las mayorías que –hoy más que antes- siguen excluidas; una alternativa de IZQUIERDA MODERNA, PROGRESISTA, capaz de sintonizar el proceso político venezolano con el avance social y político latinoamericano, y no con las tendencias regresivas y autoritarias que representa el régimen cubano; una alternativa que impulse la REVOLUCION DEMOCRATICA que el país reclama; que se oponga al militarismo populista del gobierno, pero que también se niegue a colocar los intereses, y esperanzas del pueblo a favor de sectores fracasados y corrompidos, estén en el gobierno o en la oposición.
PASO A UNA NUEVA DEMOCRACIA
De Guacaipuro a Hugo Chávez: Una sola “caribería”
Desde el inicio de los tiempos, casi todos los grupos que se han disputado el poder en lo que hoy es Venezuela no la han visto como un país para desarrollar, sino como un botín para saquear. Como SU botín.
Ya antes de Colón, los primeros habitantes de estas tierras (pacíficos recolectores o agricultores) fueron agredidos por feroces invasores que vinieron del mar no en carabelas o galeones, sino en canoas de guerra. Los caribes (guerreros y practicantes del canibalismo) vieron en estas tierras un botín magnífico (tierras vírgenes y pueblos mansos) y, siglos antes que los españoles, antes que los caudillos militares, antes que las cúpulas adeco-copeyanas o que las actuales mafias del chavismo burocrático, los caribes proclamaron lo que despues repetirían todos los demás grupos que luego llegaron al poder: que sólo ellos tenían capacidad para decidir, que sólo ellos podían participar. Los caribes lo hicieron con mucha más sinceridad, pues sin necesidad de ninguna "Lista Tascón" ellos proclamaron, ebrios de sectarismo, “Ana karina rote”: “Sólo nosotros somos gente”.
Después de la invasión caribe vino la invasión española, que se inicio con el mal llamado Descubrimiento y siguió luego con la Conquista y la Colonia. Y nuevamente, el grupo en el poder pensó que “sólo ellos eran gente”, que sólo ellos tenían derecho a la parte del león en el reparto del botín. Eran otros tiempos, y todavía el despojo no era justificado en nombre “de la Revolución”. En aquel tiempo, el saqueo se hacia en nombre de la Corona.
Pero los blancos criollos tenían poca paciencia y mucha ambición. Querían una tajada más grande del botín, y el poder de entonces no quería dársela. Eso detonó una gran confrontación para determinar quién se quedaba con todo. Esa confrontación se llamó Guerra de Independencia.
Ciertamente, en el origen y desarrollo de esa guerra de 10 años contra España jugaron un papel muy importante los ideales de Libertad, Igualdad y Fraternidad de la Revolución Francesa. Pero para poder entender porqué pasaron las cosas que pasaron, hay que ubicar que la Guerra de Independencia de 1811 a 1821 fue esencialmente una guerra por el reparto del botín. Por eso es que después de 1821, después de la Batalla de Carabobo, después de ganada la Independencia, los caudillos militares triunfantes en vez de dedicarse a echar adelante un nuevo proyecto de país se dedicaron a romper con la Gran Colombia como hoy Chávez rompe con la Comunidad Andina de Naciones y se dedicaron a robarse “legalmente” tierras como locos, porque eso era Venezuela para ellos: un botín de guerra, al que como vencedores tenían derecho.
En efecto, una de las primeras medidas de la Venezuela Independiente fue la llamada Ley de Haberes Militares, una de las obras cumbres del militarismo corrupto venezolano, ejemplo y guía para los “héroes” de supuestas “batallas” más recientes como el Plan Bolívar 2000 o el Complejo Azucarero Ezequiel Zamora.
Mediante aquella Ley de Haberes Militares, la Venezuela destrozada y endeudada por 10 años de guerra resolvía “pagarle” a los soldados del “Ejército Libertador” por sus servicios a la Patria. Ese pago se hacia mediante papelitos, algo así como los certificados que ahora entrega el CONAVI a damnificados que lo seguirán siendo, o como los títulos que hoy entrega la Misión Ribas a unos “bachilleres” que apenas pueden leer el certificado que están recibiendo. Aquellos “papelitos”, que acreditaban la propiedad de unos pocos metros de tierra ubicados quien sabe donde, los soldaditos se los vendían por unos pocos pesos a los caudillos militares. Ese fue el origen de la segunda oligarquía territorial venezolana.
Desde que termina el dominio español sobre Venezuela en 1821, hasta que Cipriano Castro llega al poder casi rozando el año 1900, Venezuela es el escenario de las “revoluciones” de los caudillos regionales. Esas “revoluciones”, tan chimbas como la actual, generalmente eran para mantenerse en el poder más allá de lo que la Constitución permitía (que casualidad, ¿verdad?), o para desalojar del poder a alguien. Como toda esa sangrienta escabechina había que justificarla con algún pretexto social y algún discurso político, se inventó aquello de la “Federación”, consigna artificial e hipócrita ya que, como reconoció en su momento un caudillo de la época, “si ustedes hubieran dicho Federación nosotros hubiéramos dicho Centralismo, y viceversa”. Al final, ahogados en sangre ajena, los caudillos federalistas y centralistas se pusieron de acuerdo en el Pacto de Coche, y –con Guzmán Blanco a la cabeza- se dispusieron a repartirse lo poco que quedaba del botín.
Con la consigna “Nuevos hombres, nuevas ideas, nuevos procedimientos” Cipriano Castro entra a triunfante a Caracas. Como pasó con Chávez en 1998, 100 años antes Castro llegó al poder no porque fue capaz de derrotar a sus adversarios, sino porque sus adversarios se desmoronaron ante el, víctimas de su propia incompetencia, su propio agotamiento y sus propias contradicciones. Su compadre y brazo derecho, Juan Vicente Gómez, crea el Ejército Nacional y con él, y con una red de carreteras como hasta entonces no existía en el país, Gómez fue eliminando uno a uno a los caudillos regionales, hasta que en 1902 en la Batalla de Ciudad Bolívar acabó con el último, cerrando así el ciclo de las guerras civiles.
Cipriano Castro era muy hablador, muy corrupto, muy dado a disfrutar sensualmente del poder (le hubiera encantado tener, por ejemplo, el jet privado y los relojes de lujo que hoy exhibe Chávez, para solo mencionar algunos detalles), y -también como Chávez- a Cipriano le encantaba discursear con una retórica falsamente nacionalista, más patriotera que patriótica. Así que -mientras Castro hablaba y hablaba- y mientras por dentro lo seguía consumiendo la sífilis, su compadre Gómez lo echó del poder.
Gómez implantó una paz terrible, la paz de los sepulcros. Le aplicó el “Método Cha-az” a todo el país, porque manejó a Venezuela entera como su hacienda. Mientras el paludismo, la tuberculosis, la fiebre amarilla y el hambre se comían al pueblo venezolano, Gómez y los allegados al poder disfrutaban de ese botín llamado Venezuela, convertido en una presa mucho más apetecible después que en 1927 se descubrió el petróleo.
A la muerte de Gómez se inicia en nuestro país un proceso de apertura democrática, incipiente con Eleazar López Contreras y mucho más abierto después con Isaías Medina Angarita. Este último, en particular, fue la mejor demostración de que una cosa es ser militar y otra muy distinta es ser militarista. Medina andaba por el país sin escolta, o casi; no usaba guayaberas blindadas ni andaba con la paranoia del magnicidio.
Seguramente, esa confianza del gobernante en su pueblo se debía a que Medina fue el primer presidente venezolano sin presos ni perseguidos políticos, un presidente que no insultaba a nadie y que en vez de programas populistas creó instituciones fundamentales como el Banco Obrero y el Seguro Social, entre muchas otras. Un presidente, en fin, inmensamente más democrático no sólo cuando se le compara con el pasado gomecista, sino sobre todo cuando se le compara con el presente chavista.
Esa transición democrática fue interrumpida por algunos impacientes, ávidos de poder. Una conspiración “cívico-militar” (¿les suena el término?) dio un golpe de Estado, que abrió la puerta primero a tres años de sectarismo adeco, y luego a diez años de dictadura perezjimenista. Como los caribes de siglos atrás, o como los burócratas chavistas de ahora, los adecos del trienio sectario 1945-1948 creyeron que “sólo ellos eran gente”, y que tenían el monopolio de la honestidad, del patriotismo y de la “Revolución”, (porque, bueno es recordarlo, los adecos de aquel tiempo también llamaron “Revolución” al golpe de estado que le dieron a Medina, en asociación con Pérez Jiménez).
Cuando, por soberbia y sectarismo, los adecos cometieron los errores suficientes para tener harto a todo el país, la llamada “la juventud militar” de aquel tiempo le dió un golpe frío a Gallegos. Diez años de dictadura brutal fue el precio que tuvo que pagar Venezuela por los errores de la adeca “Revolución de Octubre” de 1945, lo cual debería ser una enseñanza para los “radicales” actuales de todos los bandos: hay “revoluciones” que son muy malas, y hay remedios que terminan siendo peores que la enfermedad. Remember Carmona.
Tras la caída de Pérez Jiménez en 1958 se inicia en Venezuela un nuevo ensayo democrático. A pesar de imperfecciones y errores, los tres primeros gobiernos de la democracia representativa (Betancourt, Leoni y el primer gobierno de Caldera) logran éxitos tanto en materia social (masificación de la educación, elevación de la expectativa de vida gracias a la mejora sanitaria y construcción de una creciente y poderosa clase media) como en materia institucional, pues por primera vez en la historia post-colonial del país el Estado se presenta ante los ciudadanos no como propiedad del “jefe” o “del partido del jefe” , sino como una estructura que debía estar al servicio de todos los venezolanos.
Los siguientes tres gobiernos de la democracia representativa (Pérez I, Luis Herrera y Jaime Lusinchi) fueron los años de la gigantesca oportunidad perdida. En medio de algunas realizaciones positivas (como la nacionalización del petróleo, la del hierro y el Plan de Becas Gran Mariscal de Ayacucho), el gobierno de Pérez es devorado por la corrupción y el despilfarro, que seguirán cinco años más con Luis Herrera a pesar del Viernes Negro y que continuarán durante cinco años más con Jaime Lusinchi quemando las reservas internacionales del país para mantener la ficción de una abundancia que ya no existía, así como el espejismo de su propia popularidad.
Mientras más dinero había en el país, más crecía la corrupción y la pobreza. En ese contexto Perez es electo Presidente de nuevo e intenta dar un golpe de timón al errado rumbo que él mismo había trazado en su primer gobierno. Pero al igual que los caribes, que los españoles, que los caudillos militares, que Gómez, que los adecos del trienio y que Pérez Jiménez, CAP pensó que no tenía que consultarle al país los cambios que pensaba adelantar. No creyó necesario darle participación a la sociedad venezolana en el diseño y ejecución de ese “gran viraje” que intentó imponer. La dramática respuesta a esa prepotencia fue el Caracazo, terrible jornada popular que el oportunismo militarista de Chávez identificaría como la señal esperada para dar luz verde a su plan golpista.
Como CAP, Chávez tampoco le consultó a nadie sobre lo que pensaba hacer. El 4 de Febrero de 1992 fue, mucho más que el 18 de Octubre de 1945, un Golpe de Estado clásico, bonapartista, en el que la presencia civil era apenas un accesorio. Por eso, y por las increíbles piraterías del dispositivo golpista, el movimiento del 4-F fracasó como insurgencia militar. Si luego alcanzó éxito político no fue por sus propios méritos, sino porque las direcciones políticas de la democracia representativa se desmoronaron solas, como la hegemonía del Partido Liberal se disolvió ante la llegada de Cipriano Castro a Caracas un siglo atrás. Así que esta película más vieja no puede ser.
Efectivamente, después de las fracasadas intentonas golpistas de 1992, el establecimiento político fue incapaz de escuchar el clamor de cambio del país, y ese anhelo de cambio fue encarnado políticamente en 1998 por el golpista derrotado militarmente en el 92. Hasta 1993 la clase política se dedicó apenas a sobrevivir, y desde 1993 hasta 1998 el segundo Gobierno de Caldera fue una larga transición hacia ninguna parte. Habiendo incorporado como pitcher relevista en los innings finales a Teodoro Petkoff en Cordiplan, éste –con el petróleo a sólo nueve dólares el barril- logró evitar el colapso del país dándole alguna coherencia a la llamada Agenda Venezuela, y adelantó la redacción de unas reformas cuya instrumentación aun es materia pendiente para cualquier gobierno futuro.
Fue así como en 1998 llega al poder Hugo Chávez Frías, prometiendo cambio, castigo a los corruptos, seguridad ciudadana y redención social. Para eso se le eligió. Pero Chávez tenía –ahora se sabe- otros planes. Como todos los grupos que han estado en el poder, desde los Caribes hasta el MVR, Chávez cree que lo importante no es lo que la gente quiera, sino lo que a él particularmente se le antoje. Para eso tiene, gracias a los precios internacionales del petróleo, control absoluto sobre el botín más grande de que haya dispuesto gobernante alguno en la historia nacional.
Por eso, mientras el país pide seguridad ciudadana, Chávez se empeña en meternos en una guerra con Estados Unidos al lado de nuestros supuestos “hermanos” de Irán; mientras los pobres venezolanos piden empleo, Chávez quiere vendernos la idea de una “revolución continental” que, a diferencia de la buscada por el Ché en otros tiempos, ahora se piensa conseguir comprando, domesticando o montando gobiernos a punta de petróleo subsidiado y gas regalado. Por eso, mientras el país pide castigo a los corruptos de antes y a los de ahora, Chávez prefiere mirar para otro lado y seguir usando la corrupción como un instrumento de control político y manipulación social.
Entre siglos de sectarismo y corruptelas, un nuevo país se abre paso:
Pero la historia político-militar del país no resume ni contiene todo lo que verdaderamente es la historia de la construcción de Venezuela como sociedad, como realidad rica y diversa que en muchísimas ocasiones ha sabido ser más progresista y de avanzada que sus supuestamente iluminados gobernantes.
En efecto, mientras que en los tiempos coloniales el poder focalizaba sus esfuerzos en hacer inexpugnable el monopolio de la Compañía Guipuzcoana sobre el comercio, allá en Guayana los frailes capuchinos junto con los indígenas creaban las primeras empresas siderúrgicas de nuestra historia.
Mientras que durante la guerra de independencia jefes militares de uno y otro bando practicaban la política de tierra arrasada, por otro lado Andrés Bello construía las bases de la independencia cultural y educativa de la mitad del continente.
Mientras los caudillos de montoneras desangraron a Venezuela, disputándosela a jirones durante el largo período de confrontaciones civiles en la segunda mitad del siglo XIX, hombres como Fermín Toro sentaban las bases de un pensamiento político y social que buscaba hacer confluir la búsqueda de la igualdad con el reino de la libertad.
Mientras Gómez gobernaba con mano de hierro a un pueblo palúdico, hambriento y ensimismado, otros hombres –incluyendo algunos de sus ministros- se atrevieron a pensar la aventura de construir un país distinto, más moderno y sobre todo más justo, encendiendo lo que luego la historiadora Isbelia Segnini llamaría con razón las “luces de gomecismo”.
Mientras en los años 30 y 40 los actores políticos bailaban una danza trágica, al ritmo de avances insuficientes y trágicos retrocesos, en medio de una apertura democrática frustrada, hombres como Baldó, Gabaldón y muchos otros dieron una lucha gigantesca y victoriosa contra la bilharzia, la fiebre amarilla y la tuberculosis, flagelos que ahora han reaparecido como emblemas del fracaso sanitario inherente al llamado “socialismo del siglo XXI”.
Mientras en los años 50 la dictadura perezjimenista estrenaba la retórica tóxica de los megaproyectos y la grandiosidad faraónica, sencillos venezolanos por nacimiento y otros por adopción iniciaron la construcción de la modernidad venezolana, erigiendo edificios y pequeñas urbanizaciones que marcaron un perfil urbano superior en mucho a lo que hoy es el lamentable panorama de casi todas nuestras principales ciudades.
Mientras en los años 70, 80 y 90 gobiernos saturados de incompetencia, prepotencia y corrupción batieron todos los records en insensibilidad social, promoviendo la masificación de la miseria, centenares de miles de jóvenes egresaban de universidades, colegios e institutos de educación superior, acumulando nuestro país en esos 30 años la más grande cantidad de capital humano altamente calificado que haya tenido jamás Venezuela, mientras que por otro lado se diseñó, creó y desarrollo el sistema nacional de orquestas infantiles y juveniles, dos movimientos masivos que nos hablan de cómo emerge en este periodo un país mucho mejor formado y mucho más sensible humana y culturalmente que quienes ejercían entonces las palancas del poder.
Es de esa misma manera como en los últimos ocho años, mientras una ostentosa y chabacana costra de nuevos ricos, de corruptos “cínico-militares”, vuelve a creer que “sólo ellos son gente”, que sólo ellos son pueblo, que sólo ellos son bolivarianos, y que todos los demás habitantes de este país podemos ser reducidos al campo de concentración (virtual pero igualmente discriminatorio y terrible) de las listas Maisanta y Tascón, mientras eso ocurre en el país del poder, en el país verdadero están ocurriendo muchas otras cosas.
Ni autoritarismo militarista, ni paternalismo burocrático: ¡Paso a la Nueva Democracia!
Si. Mientras Chávez habla y habla, y mientras su público habitual de corruptos, contratistas, comisionistas y testaferros le ríe los chistes y le aplaude las barbaridades, mientras ellos siguen creyendo que el pueblo venezolano se puede despachar con algunas migajas del festín petrolero, con algunas franelas rojas, con una que otra cachucha y con muchas, muchas promesas, mientras todo eso ocurre, están naciendo nuevas realidades.
En la Venezuela verdadera los jóvenes estamos empezando a movilizarnos. Sin hacer caso a las amenazas del gobierno ni a las manipulaciones de gastados liderazgos, la juventud y los estudiantes hemos tomado la calle para decir en alta voz: no nos calamos el irrespeto a la vida, nos toleramos la cultura de la muerte, y nos oponemos activamente a un gobierno que ha convertido la impunidad en Política de Estado.
Los habitantes de los barrios populares también estamos empezando a movilizarnos. La inseguridad, el incumplimiento en materia de vivienda, las mentiras repetidas en materia de salud, la grosera manipulación de nuestra hambre a través del reparto electoral de bolsas de comida, entre otras razones, han hecho que en los barrios comiencen las manifestaciones y protestas. Vistiendo a veces franelas rojas para evitar o disminuir la represión, hombres y mujeres de los barrios (opositores unos, chavistas otros, ni-nis la mayoría, venezolanos todos) estamos iniciando la pelea en la calle por los derechos establecidos en una Constitución de la que el gobierno se acuerda solo cuando le conviene.
La oposición también esta cambiando. Hasta el 2004, la consigna o más bien la obsesión única de la oposición política era “salir de Chávez”, como si eso bastara para resolver los errores que habían permitido el acceso de Chávez al poder. Se pensó que bastaba con “unir” los restos de la vieja política con algunos nuevos actores políticos y sociales, para lograr la victoria. Ese fue un error en el que incurrimos muchos. Se quiso derrotar al gobierno sin trabajar en los barrios, sin movilizar a los jóvenes, sin darle razones sociales al pueblo llano para participar en la lucha por la democracia, y el resultado fue la derrota, tal y como siglos atrás otro Chávez, llamado José Tomás Boves, logró derrotar a los patriotas gracias a las lanzas de los llaneros.
Afortunadamente, hoy la oposición es otra cosa. El lanzamiento de la candidatura de Teodoro Petkoff, la expectativa que existe sobre la opción de Manuel Rosales y el trabajo electoral desarrollado en los barrios desde hace meses por Julio Borges son signos de que emerge un nuevo liderazgo que más que oposición, quiere ser alternativa.
Porque de eso se trata: de construir una alternativa. Una alternativa POPULAR, es decir, comprometida con los trabajadores, con el desarrollo soberano del país y con la defensa de los intereses de las mayorías que –hoy más que antes- siguen excluidas; una alternativa de IZQUIERDA MODERNA, PROGRESISTA, capaz de sintonizar el proceso político venezolano con el avance social y político latinoamericano, y no con las tendencias regresivas y autoritarias que representa el régimen cubano; una alternativa que impulse la REVOLUCION DEMOCRATICA que el país reclama; que se oponga al militarismo populista del gobierno, pero que también se niegue a colocar los intereses, y esperanzas del pueblo a favor de sectores fracasados y corrompidos, estén en el gobierno o en la oposición.
El asunto es muchísimo más complicado que “salir de Chávez”: El fondo del problema es TRANSFORMAR A VENEZUELA. Y los cambios necesarios son de tal naturaleza y magnitud que no podrán ser acometidos con éxito por ninguna “vanguardia”, por ningún nuevo grupo de “iluminados” o de “salvadores de la Patria”. Lo que se plantea entonces no es sustituir la camarilla chavista por una nueva secta que, como siglos atrás hicieron los caribes, piensen que “sólo ellos son gente”, y que “solo ellos” pueden protagonizar los cambios. NO. De lo que se trata es de construir una opción política que entienda que este pueblo creció, que la juventud ya no se conforma con ser “una esperanza de futuro”, que la sociedad venezolana tiene formación y madurez, y que por eso los dirigentes políticos ya no podrán seguir relacionándose con la sociedad desde el paternalismo burocrático de antes o desde el autoritarismo militarista de ahora. La opción necesaria es aquella que entienda que Venezuela no es un botín, sino un país, y que el poder no es un fin en si mismo, sino apenas un instrumento para hacer un trabajo.
Por eso, para nosotros la salida de este régimen no es “hacia el pasado”, hacia la restauración de la experiencia democrática previa a 1998, pues tal experiencia (con todos los méritos que ahora son evidentes) estuvo también signada por los defectos, limitaciones y corruptelas que hicieron posible el surgimiento de la degeneración autoritaria. Para nosotros, la salida de la presente crisis es HACIA DELANTE, hacia la construcción de una NUEVA DEMOCRACIA, una nueva experiencia democrática que una los valores republicanos de la separación de poderes, alternabilidad democrática, funcionamiento de las instituciones y vigencia del Estado de Derecho, con la sensibilidad social necesaria para colocar el combate a la pobreza en el centro de la acción del Estado y de la sociedad, y con el compromiso político indispensable para asumir la participación popular y el protagonismo social no como consignas o coartadas, sino como realidades que el Estado en vez de contener, secuestrar o “tolerar”, debe respetar, impulsar y fortalecer.
Construir el cambio con la gente y no “para” la gente, pasa por hacer protagonistas del cambio a ese 80 % de venezolanas y venezolanos que se debaten entre la pobreza a secas y la miseria atroz.. Dar entre todos el necesario Paso a la Nueva Democracia implica entonces “empoderar” a los pobres, PERO HACERLO DE VERDAD, pues “dar poder a los pobres” no es darles discursos y migajas, sino promover su acceso efectivo a educación de calidad, a servicios de salud óptimos, es construir oportunidades de realización para la juventud, es construir empleo de calidad con salarios justos, es seguridad social y seguridad ciudadana, para que –sobre esa plataforma que garantice la efectiva igualdad de oportunidades- los pobres puedan dejar de serlo, y no dependan nunca más de quien regale franelas, gorras, becas o cualquier tipo de prebenda proselitista.
Este Paso a la Nueva Democracia hace indispensable la reinvención de la política, tal y como la hemos conocido los venezolanos. Se hace imperativo el retorno de la ética al ejercicio de la acción política, el entenderla como servicio público y no como puerta de emergencia o escalera de servicio para el ascenso social o el poder económico.
Por eso dar entre todos este Paso a la Nueva Democracia pasa por la construcción de un nuevo tipo de organización, democrática y eficiente. El petro-estado transformó a los partidos políticos venezolanos que pasaron por el poder (y a los que hoy están en él) en maquinarias clientelares, en agencias de empleos, en centros de distribución de contratos, en fin, en mecanismos para-institucionales para la distribución de la renta, en tentáculos de corrupción. Dar Paso a la Nueva Democracia, significa entonces construir organizaciones alternativas, capaces de actuar como centros de generación de ideas novedosas, capaces de construir esas ideas junto a la gente para transformarlas en políticas públicas, con resultados evaluables y de los cuales se rinda cuenta ante los ciudadanos.
Romper con la “vieja política” implica atreverse a trabajar para y por un mejor país, en vez de seguir repitiendo o reciclando las viejas fórmulas de la demagogia y del populismo. En consecuencia, nos proponemos construir una organización con amplia democracia interna en su debate y en sus mecanismos de toma de decisiones. Un movimiento con una estructura organizativa sencilla y transparente, que reconozca los liderazgos naturales y promueva el surgimiento de otros. Una organización comprometida con la lucha democrática, que asuma a plenitud tanto su dimensión electoral como la pelea reivindicativa y la movilización de las bases de la sociedad.
Dar entre todos este sustancial Paso a la Nueva Democracia es la propuesta que formulamos para la construcción de una nueva mayoría popular y democrática que trascienda el mero rechazo a los vicios del pasado y del presente, para que sea capaz de comprometerse también al diseño y construcción de un proyecto de futuro. Asumimos el reto de contribuir en la construcción de esa nueva mayoría social, y de dotarla de una expresión política nítida, responsable y eficiente.
Paso a la Nueva Democracia es un espacio en construcción, abierto a todos los que se identifiquen con estas ideas y propuestas. Estamos dispuestos también a coincidir con el torrente unitario que es necesario articular para superar definitivamente la vieja cultura política, que tiene en este gobierno a su expresión más reciente y más corrupta, a fin de abrir paso en Venezuela a una sociedad justa y próspera, integrada al mundo desde la certeza de los intereses y aspiraciones de nuestro pueblo, e integrada internamente no sólo por haber superado la pobreza, sino también por haber desterrado definitivamente el odio como ideología y la discriminación como mecanismo de acción política.
Por eso, para los corruptos de antes, y para los de ahora, nuestro nombre es una exigencia : ¡Abran Paso a la Nueva Democracia! En cambio, para todos los venezolanos, en especial para los habitantes de los barrios populares y para los jóvenes, nuestro nombre es una invitación:
¡Vamos a dar entre todos el paso que hace falta, el Paso a la Nueva Democracia!
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